Un castillo en las estrellas

Supongo que siempre lo he sabido. Que aunque a mitad de todo esto pude llegar a hacerte cambiar de opinión en algún momento, e incluso pude llegar a ilusionarme cuando todos me decían que me había echo con el número favorito para ganar la lotería, no quise verlo.

Me dio por buscar tu castillo en las nubes y, además, me ilusioné con ello. Volaba cuando soñábamos juntos. E incluso te imaginé en mi futuro; el nuestro.

Pero no se si fui yo, o tu misma, o todo en general lo que destruyó nuestra imaginación. Lo que aletargó tu entusiasmo por finalizar bien el cuento. Pero supongo que no todo puede acabar de la misma forma. Que quizá la trama de la historia es más importante que el final, y que éste último no tiene porqué definirse en un momento concreto.

Que me encanta cantarte (fuiste la primera en eso). Y recitarte. Y sentirte. Incluso abrazarte en mi pecho hasta que te quedas dormida. Tan tranquila.

Que no quiero llamarte un sábado a las 11 de la noche para ver que vas a hacer, si no un miércoles a una hora cualquiera para desearte un buen día, o para simplemente escucharte hablar, aunque sea de nada.

Que a pesar de todo seguiría recorriendo media Europa para intentar alegrarte un día. Recorrería incluso medio mundo solo para abrazarte. Y si me lo pidieras me iría. Porque aunque no sepa escribir aviones, créeme, que puedo aprender a hacerlo.



Que es verdad que hay canciones que ya no suenan igual, porque apareces tu en ellas. Y que hay lugares a los que les pasa eso mismo. Y palabras.

Que sí. Que sé que ya no es lo mismo. Pero me gusta cumplir mis promesas, y un día te prometí que mi objetivo era intentar hacerte feliz. Costara lo que costara. Aunque ahora mismo me esté costando más de lo que podría darle a nadie.

Debo de estar muy poco cuerdo. O tal vez soy un poco masoquista. Pero esta es la única manera en la que, yo también, puedo ser feliz.

Espero que, ''hasta luego''.

-F.

No hay comentarios:

Publicar un comentario