Caminos

Todos nosotros tenemos algún camino marcado. Y no hablo del destino precisamente. Me refiero a ese recorrido diario - o no - que, por motivos de obligación, entretenimiento o, simplemente por puro placer, conocemos tan bien. Esquina tras esquina, subida tras bajada, sabemos perfectamente lo que habrá.

Yo, obviamente, también tengo el mío,y ayer soñé con él.

Desde el puente de la GC1. Una noche cualquiera, exponiendo lento.

La verdad es que no es nada singular. Incluso hasta se podría decir que es un poco feo, pero es mi camino a la libertad; son mis escaleras hacia el cielo -como cantaba Led Zepellin -.

Empieza en una encrucijada de calles que desembocan en una gasolinera. Un puente por encima de la GC1 y llego a la rotonda del asadero de pollos, donde solemos comprar las pizzas los sábados por la noche. Una pendiente y un semáforo que me toca, casi siempre, en rojo. Sigo bajando y la carretera se mete en mitad de una plataneras. Los muros agrietados que protegen el camino dejan  entrever restos del dorado oro canario. Una curva a la izquierda, una rotonda más, y la subida mortal a la colina de 20º.



Ya estoy en Playa del hombre. Primera curva a la izquierda y empiezo a bajar de nuevo. Pero esta vez despacio. A 20 metros empieza la escalera, y hay que tener tiempo para mirar por el agujero de la pared y hacer un primer chequeo de las olas.

- Parece que sale algo.

Entonces suena el teléfono. Es Kevin, como siempre.

- Estoy en la bajada, ya llego.

Un ceda al paso. Giro a la derecha y ya busco aparcamiento. Siempre el mismo, al lado del garaje.

Entonces me bajo del coche y voy al último trozo de escalera que queda antes de llegar a la playa. Y ahí la veo: la libertad.


Mi vista de la playa desde el aparcamiento. 




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