Supongo que después de todo, nunca esperé
acabar aquí. Bueno, ni aquí, ni así, ni de ninguna otra manera. Es más, ni tan siquiera
esperaba estar.
El destino, el azar, Dios, Satán, el
universo, o lo que quiera que sea; aquello que exista más allá de lo que
alcanzamos a ver, quiso que me despertara con nostalgia. Que mientras estoy
abriendo los ojos, la vea pintada en esa foto polvorienta que se apoya en mi
mesita de noche, en un portarretrato en el que, originariamente, estaba la foto
de mi perro Patxi correteando entre arroyos y malas hierbas, y que ahora está
escondida detrás de ella.
Pero eso ya no es importante. Fue solo un
instante confuso. Me levanto. Hace frío, tanto que los dos pares de calcetines
no sirven para descongelar mi dedo gordo del pie derecho. Apenas puedo mirar lo
que hay detrás de la ventana. El agua empaña el cristal que esconde el paisaje
blanco que pintó la nieve, y casi ni las personas se distinguen. Aunque será
por que no hay nadie.
La verdad es que ahora que miro por un
pequeño hueco que me dejan libre las gotas al caer, la veo a ella. Siempre tan
rara. Sola. Hundiéndose mientras camina sobre los pocos centímetros de escarcha
que aún quedan en medio de la plaza, a unos 3 kilómetros de su facultad. Sigue
las huellas que parece que ella mismo dejó hace un rato. Otra vez poco
abrigada, como casi siempre. Si es que no aprende. Voy a llevarle mi chaqueta,
esa negra con la capucha que tanto le gusta.
Realmente no se por que, pero estoy
enamorado. Es su locura metódica y mediática. Incluso su obsesión por lo
minúsculo lo que me engancha. Hasta su forma de estudiar músculos y células
mientras camina de una punta a otra de la ciudad puede hacerme sonreír un poco.
Mientras bajo las escaleras, a oscuras, me
detengo: ‘’¡Joder! ¡Se me olvidaba!’’. Vuelvo a subir corriendo los dos pisos
hasta esa especie de desván gigantesco donde se encuentra mi habitación. Ese
cuartucho mal empapelado al estilo de los setenta que, por culpa de la humedad
que lleva dos semanas empapando mis calcetines, huele a una extraña mezcla
entre cueva de oso pardo y barril de vinagre macerado.
Cuando por fin llego arriba, con la lengua
fuera a causa de mi eminente vida sedentaria de estudiante universitario en
período de exámenes, la veo. Esperándome, resplandeciente, apoyada en el borde
de la mesa que utilizo para comer, rodeada de unos cables sin enrollar y una
lata de Coca-Cola vacía, como si me estuviera esperando. La rosa. Su rosa. Esa
que cada mes espera ansiosa, como si fuera la primera; la única.
Bajo de nuevo. Rápido. Un tanto trastabillado
por las prisas. Pero ahí ya no había nadie. Ni sus huellas quedaban. Solo un
pajarraco que rebuscaba en la parte de arriba del contenedor de basura rompía
el silencio.
Supongo que me lo habré imaginado de nuevo;
que ya no puedo abrazarla cada vez que quiero; que la distancia aumenta mi
locura diariamente; que la quiero, pero que aún la seguiré queriendo. Por que
tal vez no se trate de simples mariposas en el estómago, sino de auténticos
dragones.
Apenas te he querido, y ya te hecho de menos.