Nunca olvidaré aquel día normal. Aquel día en el que sentado en el sofá de mi casa, perdiendo el tiempo, entró mi padre por la puerta.
Apenas se le veía la cara detrás de aquel gigante ramo de rosas, pero podía intuir su sonrisa. Otra vez, como cada año, volvía a tener problemas para entrar a casa cargado con las flores y la caja de bombones.
Lo que hizo diferente a ese día fue que mi madre, en la cocina, escuchaba la radio de su tierra. Y podría haberse quedado en un recibimiento de aniversario normal, pero la música hizo que, después de deleitarse la señora con el perfume de las rosas, se encadenaran ambos en un baile pausado y meloso, marcado por el ritmo de un tango de aquellos tiempos.
Y es que quizá andaba equivocado Saint-Exupéry cuando narró, en El Principito, que ''lo esencial es invisible a los ojos''.


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