De como pude ver lo invisible

Hoy me apetece contar una historia. Pero no una historia de amor en sí mismo, si no una historia de como llegué a saber lo que era eso. El momento en el que descubrí el significado que esa palabra daba a dos persona totalmente diferentes.

Nunca olvidaré aquel día normal. Aquel día en el que sentado en el sofá de mi casa, perdiendo el tiempo, entró mi padre por la puerta. 

Apenas se le veía la cara detrás de aquel gigante ramo de rosas, pero podía intuir su sonrisa. Otra vez, como cada año, volvía a tener problemas para entrar a casa cargado con las flores y la caja de bombones. 




Otra vez, como cada año, mi madre no podía dejar de sonreír cuando lo veía acercarse. Y otra vez, como cada año, se fundieron en un beso mágico. Pocos tan alegres recuerdo haber visto.

Lo que hizo diferente a ese día fue que mi madre, en la cocina, escuchaba la radio de su tierra. Y podría haberse quedado en un recibimiento de aniversario normal, pero la música hizo que, después de deleitarse la señora con el perfume de las rosas, se encadenaran ambos en un baile pausado y meloso, marcado por el ritmo de un tango de aquellos tiempos. 




Aún hoy recuerdo lo que sentí en ese momento, y te prometo, que esa fue la primera vez que me di cuenta que el "amor" no solo se podía sentir, si no también ver.

Y es que quizá andaba equivocado Saint-Exupéry cuando narró, en El Principito, que ''lo esencial es invisible a los ojos''.

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