La felicidad son dos perros correteando contentos por el césped húmedo. Es un grupo de amigos reunidos, tratando de hacer malabares y riéndose mientras se tiran unos encima de los otros.
La felicidad son dos peregrinos franceses que aparecen de la nada cargados con sus mochilas de caracol, que se sientan frente al Baptisterio, se descalzan, sonríen y comienzan a dibujar el edificio en una libreta raída. Sus barbas iluminaban más incluso que sus ojos.
Es una pareja compartiendo un abrazo sincero y cinco besos. Y una abuela con su nieta de seis años, jugueteando a ser primero princesas, y luego piratas. Parecen sacadas de la novela que leer el muchacho de gafas que está sentado a mi lado.
Probablemente no necesitaba sentarme dos horas en algún sitio, escondido y tranquilo, para saber lo que es la felicidad, pero me apetecía verla de nuevo.
La felicidad es una pequeña caja de fresas con nutella; tener a mis hermanos de nuevo cerca.



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