Felicidad, le llaman.

Hoy andaba cuestinándome que era la felicidad, y más que encontrar una respuesta, pude verla.

La felicidad son dos perros correteando contentos por el césped húmedo. Es un grupo de amigos reunidos, tratando de hacer malabares y riéndose mientras se tiran unos encima de los otros.

La felicidad son dos peregrinos franceses que aparecen de la nada cargados con sus mochilas de caracol, que se sientan frente al Baptisterio, se descalzan, sonríen y comienzan a dibujar el edificio en una libreta raída. Sus barbas iluminaban más incluso que sus ojos.


Hoy aprendí que la felicidad no es más que una señora en silla de ruedas sacándose una foto junto a la torre. Y un anciano que lo observa todo, con su mochila cargada al pecho, y al cabo de un rato se da la vuelta y se va bailando.

Es una pareja compartiendo un abrazo sincero y cinco besos. Y una abuela con su nieta de seis años, jugueteando a ser primero princesas, y luego piratas. Parecen sacadas de la novela que leer el muchacho de gafas que está sentado a mi lado.


Doscientos asiáticos sacando fotos sin siquiera pestañear. Una leve sintonía de B.B. King de fondo, como si quisiera pasar desapercibida. El sol escondiéndose detrás de la muralla después de calentar el día. El olor a verano en mitad del invierno.

Probablemente no necesitaba sentarme dos horas en algún sitio, escondido y tranquilo, para saber lo que es la felicidad, pero me apetecía verla de nuevo.

La felicidad es una pequeña caja de fresas con nutella; tener a mis hermanos de nuevo cerca.


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