Quiéreme si te atreves.

Sé que seguramente ya empiecen a cansarte tantas letras dedicadas a ti, pero no puedo evitarlo.

También estoy casi seguro que te agobian los abrazos y los 20 besos por minuto que te doy (y los 50 que me faltarían cada 30 segundos, y que evito darte para parecer algo más normal). 

Estoy convencido, incluso, de que más de la mitad de las cosas que te digo las tomas como mentiras. Palabras sin sentido que jamás seré capaz de cumplir. 

Es probable, además, que ya no te apetezca sentirme tanto como parecía que querías antes. Quizá ya no te apetezcan tanto mis caricias ni ver mi cara en tus sueños.

Quizá.

Pero no puedo volverme ciego después de haber visto a la luna llenar las noches de luz.

Seguro que ya te canse escucharme (o leerme) decirte que quiero dejarme el alma por ti. Y el corazón. Y lo que haga falta. Pero necesito decírtelo todos los días.

Necesito darte cada mañana los buenos días, porque eso me recuerda que vuelvo a tener un día entero para intentar hacerte feliz; que sigo teniendo la oportunidad de seguir viéndote sonreír.

Mientras tanto, tu, quiéreme si te atreves.



Futuros pasados.



  Supongo que después de todo, nunca esperé acabar aquí. Bueno, ni aquí, ni así, ni de ninguna otra manera. Es más, ni tan siquiera esperaba estar.

  El destino, el azar, Dios, Satán, el universo, o lo que quiera que sea; aquello que exista más allá de lo que alcanzamos a ver, quiso que me despertara con nostalgia. Que mientras estoy abriendo los ojos, la vea pintada en esa foto polvorienta que se apoya en mi mesita de noche, en un portarretrato en el que, originariamente, estaba la foto de mi perro Patxi correteando entre arroyos y malas hierbas, y que ahora está escondida detrás de ella.

  Pero eso ya no es importante. Fue solo un instante confuso. Me levanto. Hace frío, tanto que los dos pares de calcetines no sirven para descongelar mi dedo gordo del pie derecho. Apenas puedo mirar lo que hay detrás de la ventana. El agua empaña el cristal que esconde el paisaje blanco que pintó la nieve, y casi ni las personas se distinguen. Aunque será por que no hay nadie.

  La verdad es que ahora que miro por un pequeño hueco que me dejan libre las gotas al caer, la veo a ella. Siempre tan rara. Sola. Hundiéndose mientras camina sobre los pocos centímetros de escarcha que aún quedan en medio de la plaza, a unos 3 kilómetros de su facultad. Sigue las huellas que parece que ella mismo dejó hace un rato. Otra vez poco abrigada, como casi siempre. Si es que no aprende. Voy a llevarle mi chaqueta, esa negra con la capucha que tanto le gusta.


  Realmente no se por que, pero estoy enamorado. Es su locura metódica y mediática. Incluso su obsesión por lo minúsculo lo que me engancha. Hasta su forma de estudiar músculos y células mientras camina de una punta a otra de la ciudad puede hacerme sonreír un poco.

  Mientras bajo las escaleras, a oscuras, me detengo: ‘’¡Joder! ¡Se me olvidaba!’’. Vuelvo a subir corriendo los dos pisos hasta esa especie de desván gigantesco donde se encuentra mi habitación. Ese cuartucho mal empapelado al estilo de los setenta que, por culpa de la humedad que lleva dos semanas empapando mis calcetines, huele a una extraña mezcla entre cueva de oso pardo y barril de vinagre macerado.

  Cuando por fin llego arriba, con la lengua fuera a causa de mi eminente vida sedentaria de estudiante universitario en período de exámenes, la veo. Esperándome, resplandeciente, apoyada en el borde de la mesa que utilizo para comer, rodeada de unos cables sin enrollar y una lata de Coca-Cola vacía, como si me estuviera esperando. La rosa. Su rosa. Esa que cada mes espera ansiosa, como si fuera la primera; la única.



  Bajo de nuevo. Rápido. Un tanto trastabillado por las prisas. Pero ahí ya no había nadie. Ni sus huellas quedaban. Solo un pajarraco que rebuscaba en la parte de arriba del contenedor de basura rompía el silencio.

  Supongo que me lo habré imaginado de nuevo; que ya no puedo abrazarla cada vez que quiero; que la distancia aumenta mi locura diariamente; que la quiero, pero que aún la seguiré queriendo. Por que tal vez no se trate de simples mariposas en el estómago, sino de auténticos dragones.

  Apenas te he querido, y ya te hecho de menos.

Microcuento I


- Por ti pondría las manos en el fuego - le dijo él. 
No sabía que se acabaría quemando entero.



Momentos

La vida no son más que momentos. Una sucesión de instantes que, en su mayoría, de locura, nos empujan hacia un camino u otro. Pequeños instantes que determinan tu futuro o tu suerte. 

Y pasillo tras pasillo, intersección tras intersección, acabas de pie, en mitad de la salida de emergencia abierta de un avión que vuela a 3000 pies del suelo, sobre volando la mitad del desierto del Sáhara. 



Y ahí parado, con la vista perdida en el universo, te preguntas si vale la pena saltar con el paracaídas viejo, ese que nunca nadie ha revisado. Te planteas si vale la pena volver a saltar y dejarlo todo arriba; si cuando llegues abajo no vas a obtener más que un pequeño puñado de arena en mitad de ese gigante que se extiende durante cientos de kilómetros.

Te cuestionas todo esto porque, mientras visualizas la caída, el viento sigue golpeando las heridas que siguen suturando, de aquel último salto que creíste perfecto. Y es que, a pesar de todo, el miedo a otro golpe sigue siendo constante, continuo y tormentoso. 





Pero sin pensarlo, y desatando otro momento de locura instantánea, te vuelves a arriesgar. Te tiras sonriendo, como si sonreír fuera lo último que te gustaría hacer en la vida. Y lo único. 




Y todo acaba. Pero aún no te puedo decir cómo.





Vive



Baila, como si nadie te estuviera mirando,
Ama, como si nunca te hubieran herido,
Canta, como si nadie te hubiera oido,
Trabaja, como si no necesitases dinero,
Vive, como si el cielo estuviese en la tierra.


¡Ven, ven, quienquiera que seas, ven!
Infiel, religioso o pagano, poco importa.
¡Nuestra caravana no es la de la desilusión!
¡Nuestra caravana es la de la esperanza!
¡Ven, aunque hayas roto mil veces tus promesas!
¡Ven, a pesar de todo, ven!


Hoy, como cualquier otro día, nos despertamos vacíos y asustados.
No abras la puerta del estudio y empieces a leer
Toma un instrumento musical.
Deja que la belleza de lo que amamos sea lo que hacemos.
Hay cientos de formas de arrodillarse y besar el suelo.