A pesar de eso tengo que decirte que, aunque no vine solo, yo también tenía miedo. Tenía miedo a lo desconocido y a no saber a que gilipollas me encontraría por el camino. Pero apareciste tu y ahí, de verdad, fue cuando empecé a disfrutar.
No sé, supongo que, entre tantas cosas maravillosas que hiciste en estos pocos meses, fuiste el primero que decidió abrirse de verdad a nosotros. Tuviste el coraje de convertir una casa sin apenas luz, en un verdadero hogar. Y ya, personalmente, tengo que decirte que eres una de esas pocas personas capaces de leerme la mente, darme una palmada en la espalda, y hacerme creer que la vida realmente se puede ver desde otra perspectiva.
Te mentiría si te dijera que no te voy a echar de menos, porque ahora mismo lo estoy haciendo -y seguiré con ello mucho tiempo-. Y es que no sabes lo duro que es salir de mi habitación, pasar por enfrente de la tuya y verla vacía; no verte adentro escribiendo en tu cuaderno, decirte alguna tontería y seguir camino a la cocina. De verdad, no te haces una idea de lo rara que está esa mesa sin ti.
Joder.
Pocas veces me había pasado, pero me faltan las palabras y me sobran los sentimientos, las emociones y las lágrimas.
Joder.
Si dijera que no eres grande mentiría. Si pensara que soy la misma persona desde que pasaste por mi vida, me estaría engañando a mi mismo.
No sé... Como cantamos tantas veces saliendo de fiesta, despertando a todo el vecindario, ''aeropuertos, unos vienen, otros se van''.
Y sí, siempre he amado los aeropuertos, pero hay algo que aún no te he dicho: odio las despedidas.
Nos vemos pronto, eso te lo aseguro.
T'estimo. Para siempre.





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