Intento no hacer ruido cuando me peleo con el armario para sacar las sartenes que me amontonan adentro. Están tan al fondo que me siento como uno de los personajes de Las Crónicas de Narnia -ahora que lo digo, me apetece volver a leerme la saga-.
Mientras tanto, el cristal se empaña y el ambiente empieza a oler a especias. Dos fogonazos, media hora, y ya está todo listo. Y mientras disfruto de mi invento diario, me doy cuenta de que ahí, soy yo el que lo controla todo. El que decide a que me va a saber el almuerzo o la cena. Tengo el poder de crear a mi gusto. Quizá debería de hacer lo mismo con mis días. Y mis noches.
Entonces entra Marçal con un trozo de papel escrito con esa caligrafía que tanto me gusta. Una simple frase. Eso mismo que tanto me dio ella durante un año, me lo devuelve ahora mi amigo.
Y es que como escuché y leí tantas veces ''dicen que la vida se compone de pequeños momentos. Momentos que, aunque diminutos, marcan la diferencia''.
Gracias.


No hay comentarios:
Publicar un comentario