Sin límites

Después de tanto tiempo volvimos a mirarnos de frente. Re-descubrimos lo que era la complicidad de dos mundos distintos, gravitando casi pegados a un agujero de gusano. Nos tiramos de cabeza, como si no importara lo que había debajo. Total, ya pronto nos tocará morirnos, y no será precisamente por esto.

Recuerdo perfectamente su cara. Y la mía. Aún intentaba hacerme el duro, como para hacerle creer que ya ni su felicidad me importaba. Que capullo... Si apenas podía dejar de mirarla a los ojos y sonreír como un tonto. Pero ya no es lo mismo, ambos hemos crecido y somos más conscientes de lo que significa todo. Incluso la vida.

Así que nos expusimos a la fragilidad de las emociones y de las distancias largas. Nos olvidamos y nos conocimos de nuevo, como haciendo alarde de una comunicación extraordinaria. Llegamos a resquebrajar la consistencia de un beso porque, simplemente, nos daba curiosidad el resultado. Jugamos a matarnos en el mismo momento en el que salíamos del inframundo, y aún así, ninguno de los dos pudo con el otro. 

Por eso, cuando ahora te escucho hablar sobre la imposibilidad de cualquier fenómeno mientras acotas tus expectativas y encarcelas tus posibilidades en jaulas de hierro forjado, te niego tu propia negación. Así que créeme cuando te digo que, el pasado y el futuro, no son más que una suma de ilusiones que forman un presente que no tiene más límites que los que tu mismo le quieras imponer.


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