Magari

No sabía lo que pensar, así que directamente no pensaba en nada. Mientras tanto, las nubes empezaban a acercarse rápido, a lo lejos. Al final iba a resultar cierto eso de la tormenta. Mierda. Me gustan los días de lluvia y de relámpagos, pero no hoy. 

Apenas tengo tiempo de levantarme de esa piedra en la que un día grabamos nuestros nombres con tinta invisible, y el agua ya empieza a calarme hondo. Parece que lo quiere borrar todo antes de que me ponga a cubierto. Pero bueno, tampoco pienso correr, al fin y al cabo es solo agua, y tampoco estoy tan lejos de la entrada. Un kilómetro no es nada en comparación a los 2.800 que me esperan ahora. 

¡Quién me lo iba a decir! Que hoy me das a elegir y elijo escapar de nuevo. Esta ciudad tiene demasiadas cosas concentradas en tan poco espacio, y ya hace bastante que odio las aglomeraciones. Probablemente no esté hecho para un lugar en concreto, o al menos no por mucho rato. O simplemente los lugares no me interesen y lo hagan las personas que están en él. 


Bah. ¿Qué más da? Si ahora mismo a quien más le importo es a la policía que me espera detrás de los detectores de metales. Espero que eso de dejarme la moneda de 2 céntimos metida en los bolsillos, funcione para que me cachee. Joder macho. Eso si que es desesperación por algo de cariño. Mierda, ¿Me vas a decir que el que me mete mano es ese gorila feo de dos metros? Ni con esas... Que triste. Al menos, en unas cuantas horas, tendré a mi pequeña bajo el brazo. Es la única que me entiende cuando no hay nada que entender, y la que tiene el poder de hacerme caminar sobre el agua. La verdad es que sí que la echo de menos. 

No sé si alguna vez te has fijado en las personas que hay dentro de un aeropuerto. Parejas felices, entusiasmadas por su primer viaje juntos; parejas con un solo miembro, nerviosas por reencontrarse en la puerta de ''llegadas'' con la otra parte. Niños que juegan con aviones de papel, o que lloran de los nervios, o que sonríen mientras sus padres les cuentan que van de camino a ver a sus abuelos. Un señor de 60 años se pasea delante mio con una camiseta de la maratón de Nueva York. La verdad que está bastante bien conservado. Quizá va siendo hora de plantearme alguna meta.

Se podría decir que hasta estoy nervioso. Aunque la verdad, no se si es por volver y no saber si estará todo en su lugar, donde mismo lo dejé hace ya un tiempo, o si se trata de un nerviosismo por abandono; por dejar todo esto atrás.


Ya estoy cansado de escuchar a las azafatas dar su discurso obligatorio de seguridad. Total, si el avión se cae, no creo que un flotador naranja me salve la vida y recupere mi cuerpo de las cenizas. ¡Terminen ya por favor! Me están poniendo más histérico que la niebla que recorre la pista. Espero que el tipo éste sepa como hacer volar el avión. ¿Pero que estoy diciendo? Claro que sabe...










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