Apenas tengo tiempo de levantarme de esa piedra en la que un día grabamos nuestros nombres con tinta invisible, y el agua ya empieza a calarme hondo. Parece que lo quiere borrar todo antes de que me ponga a cubierto. Pero bueno, tampoco pienso correr, al fin y al cabo es solo agua, y tampoco estoy tan lejos de la entrada. Un kilómetro no es nada en comparación a los 2.800 que me esperan ahora.
¡Quién me lo iba a decir! Que hoy me das a elegir y elijo escapar de nuevo. Esta ciudad tiene demasiadas cosas concentradas en tan poco espacio, y ya hace bastante que odio las aglomeraciones. Probablemente no esté hecho para un lugar en concreto, o al menos no por mucho rato. O simplemente los lugares no me interesen y lo hagan las personas que están en él.
No sé si alguna vez te has fijado en las personas que hay dentro de un aeropuerto. Parejas felices, entusiasmadas por su primer viaje juntos; parejas con un solo miembro, nerviosas por reencontrarse en la puerta de ''llegadas'' con la otra parte. Niños que juegan con aviones de papel, o que lloran de los nervios, o que sonríen mientras sus padres les cuentan que van de camino a ver a sus abuelos. Un señor de 60 años se pasea delante mio con una camiseta de la maratón de Nueva York. La verdad que está bastante bien conservado. Quizá va siendo hora de plantearme alguna meta.
Se podría decir que hasta estoy nervioso. Aunque la verdad, no se si es por volver y no saber si estará todo en su lugar, donde mismo lo dejé hace ya un tiempo, o si se trata de un nerviosismo por abandono; por dejar todo esto atrás.


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