Lenguajes universales

Ayer fue el Día Internacional de la poesía y, la verdad, es que me dio un poco igual. Pero eso fue ayer.

Hace bastante tiempo que empecé a odiar lo poesía. O bueno, al menos odié escribirla.
 
La última fue a mi abuelo, cuando apenas llegaba a los 8 años. Creo que fue ahí cuando comencé a mirarla con mala cara. Supongo que nunca me gustó ver las lágrimas de aquel señor cuando, acostado en su cama, terminó de leer su regalo de cumpleaños. A un niño le cuesta comprender que existen lágrimas de alegría.

La primera, fue a la mujer de mi vida: mi madre. Creo que también lloró bastante.

Desde ese momento hasta ahora, siempre evité los versos. Por eso, todavía hoy, no me explico como me dio por escribir esta tremenda mierda hace apenas un par de días.


Para alguien que existió, pero que jamás estuvo. 

Dedicado a nadie.


Tú, 
la niña de las dudas infinitas, 
de las esperanzas robadas,
de suspiros enardecidos por abrazos 
que jamás llegaron a nada.

Tú,
la de los ojos de coca-cola,
de piel cálida y acogedora,
la misma que siembra deseos
y recoge, a pedacitos, amapolas.

Tú.

Tú...
La misma que entre bailes
y susurros 
y besos
robó mil calendarios,
y la cordura de los dementes.

La que venció a superhéroes
porque eras más impredecible,
incluso,
que sus propios poderes.

Reina de reinos
donde el zapateo levanta
a los que viven bajo tierra
y a los artistas amansa.

Tú.
Esa eres tu.


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