Y pasillo tras pasillo, intersección tras intersección, acabas de pie, en mitad de la salida de emergencia abierta de un avión que vuela a 3000 pies del suelo, sobre volando la mitad del desierto del Sáhara.
Y ahí parado, con la vista perdida en el universo, te preguntas si vale la pena saltar con el paracaídas viejo, ese que nunca nadie ha revisado. Te planteas si vale la pena volver a saltar y dejarlo todo arriba; si cuando llegues abajo no vas a obtener más que un pequeño puñado de arena en mitad de ese gigante que se extiende durante cientos de kilómetros.
Te cuestionas todo esto porque, mientras visualizas la caída, el viento sigue golpeando las heridas que siguen suturando, de aquel último salto que creíste perfecto. Y es que, a pesar de todo, el miedo a otro golpe sigue siendo constante, continuo y tormentoso.
Pero sin pensarlo, y desatando otro momento de locura instantánea, te vuelves a arriesgar. Te tiras sonriendo, como si sonreír fuera lo último que te gustaría hacer en la vida. Y lo único.
Y todo acaba. Pero aún no te puedo decir cómo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario